Crónica La chagra, vida indígena y conservación

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En un lugar del departamento de Guaviare, más exactamente en la comunidad del resguardo Panuré, donde la naturaleza y sus paisajes aún se conservan a pesar de la deforestación de la zona, vive Nancy Lucero Suárez Forero, una mujer indígena de 42 años de edad que guarda y conserva su potencial en ese metro 49 de estatura, para luchar sin cansancio y sacar adelante a sus nueve hijos que con orgullo dice tener.

Nancy, indígena perteneciente al pueblo Tukano oriental, hija del señor Luis y la señora Teresita, recuerda que su abuela materna, aportó en su formación, pues le enseñó el quehacer diario de la vida indígena mientras sus padres trabajaban. Con una sonrisa tímida Nancy, narra que en su infancia y juventud fue un poco rebelde, sin embargo, nunca dejó de ir a la chagra (lugar donde cultivan alimentos) a ayudar en todo lo que sus papás necesitaban, en especial a arrancar la yuca para hacer fariña (mañoco), casabe amarillo o de almidón, alimentos que no faltan en la mayoría de los pueblos indígenas. Teresita, la madre de Nancy cuenta que su hija, fue quién más la acompaño a los trabajos de la chagra, pues no le gustaba quedarse haciendo otros oficios en la casa, y quería siempre ver y practicar todo lo que hacían allí.

Durante mi visita a su casa, en un espacio adecuado para preparar las comidas, Nancy atizaba el fogón para calentar el tiesto, y con risas intermitentes, recordaba una anécdota de cuando ella tenía escasamente nueve años. En aquel entonces quería dárselas de lista haciendo lo mismo que hacía su madre y abuela, pero lo que parecía un momento extraordinario de autonomía por poco termina en tragedia. Recuerda que ese día ella observó que en la mesa de la cocina de la chagra, había una masa ya lista para preparar el mañoco, entonces lo quiso intentar, pues le pareció fácil ya que siempre veía el proceso de la yuca para hacer la fariña;  prendió el fogón, pero no resultó como esperaba, ya que calculó mal  el  tiempo  y en un abrir y cerrar de ojos se incendió la masa que acababa de echar al tiesto (recipiente donde tuesta la fariña o el casabe), de tal magnitud era el fuego que Nancy, no sabía cómo apagarlo. El abuelo observó que salía bastante humo de aquel lugar  y se acercó a apagar el fuego, que la pequeña Nancy había provocado.

A pesar de tan desagradable momento, Nancy aprendió la lección, pero no fue motivo para que ella dejara de seguir con sus aprendizajes tradicionales, así que continuó observando todo el proceso y actividades que sus familiares hacían en la chagra. Con el tiempo se convirtió en una experta de trasformación de la yuca brava en fariña y casabe.  Aunque, en ocasiones no todos podían ir a la chagra, confiesa que desde muy pequeña le gustaba ir, inicialmente porque jugaba y además se divertía bajando frutas para deleitarse luego con sus sabores. En el mundo indígena los niños y niñas van desde temprana edad a la chagra, al río y a los diferentes lugares de prácticas tradicionales, esto hace parte de su forma de educación y aprendizaje de los usos y costumbre de la cultura propia. La verdad, a ella no le disgustaba ayudar a su madre y abuela a arrancar, sembrar yuca y procesarla.

Mientras seguía con el proceso de hacer la fariña, para mostrarnos cómo se hace, Nancy se detiene un poco, deja de cernir la masa, levanta la mirada y dice: “la vida indígena no es fácil, pero yo me siento bien, me gusta y me siento orgullosa de serlo”.  Mientras continuaba con la preparación pude ver el gusto que tiene por este tipo de costumbres ancestrales que su madre le inculcó;  eso hace que disfrute cada vez que realiza prácticas propias  y no cabe en su corazón el orgullo de ser indígena, pero con nostalgia dice que todos deberían ser orgullosos de pertenecer a un pueblo indígena, aunque no todos son así, pues hay algunos casos en donde varios paisanos niegan quiénes son y de dónde vienen; unos según Nancy viven en el resguardo pero no quieren saber de sus ancestros, su sabiduría, negando que viven en la comunidad del resguardo.

En mi niñez, dice Nancy, vivíamos en un barrio asignado para los paisanos, era muy bonito cuando íbamos a la chagra, subíamos a los árboles frutales, en el humedal podíamos bañarnos, y además en él colocábamos a madurar la yuca (dejarla en el agua por un tiempo determinado); pero enfatiza que hoy día no se puede. Los cambios que ha sufrido la madre Tierra por la mala actuación del mismo ser humano, entre ellas la deforestación, han hecho que sus hijos no vivieran lo mismo que ella pudo ver, aprender, y disfrutar; con tristeza asegura que ahora no se puede porque el humedal está contaminado, “estamos rodeados de la colonización, afectando incluso que niños y jóvenes hablen su lengua materna, escasamente nuestros hijos la entienden; el relacionamiento y vivir junto a los blancos los afectó, se interesaron en hablar más el español, aunque, también somos responsables por no inculcarles nuestra lengua, la colonización nos trajo  perjuicios”.

La siembra de cultivos ilícitos, ampliación de la frontera agrícola y ganadera ubica al Guaviare entre los más deforestados del país; departamento que según el IDEAM aumentó en un 19,4% de alertas tempranas de deforestación en el primer semestre de 2017.

Para el departamento de Guaviare la Estrategia Integral de Control a la Deforestación y Gestión de los Bosques –Bosques Territorios de vida, liderada por el Ministerio de Ambiente tiene el “reto de encontrar formas institucionales de articulación en torno a las actividades productivas, con miras a reducir la deforestación”. Por lo que suscribió un acuerdo de voluntades que permita articular a nivel institucional apoyo para sustitución de cultivos ilícitos, coordinar políticas, medidas y acciones entre el sector agropecuario y ambiental con iniciativas o sistemas sostenibles adecuados, que ayuden a detener la deforestación en Guaviare.

Entre otros aspectos, la colonización ha rodeado el territorio de varios pueblos indígenas, ubicados en el departamento de Guaviare; situación que imposibilita desarrollar tranquilamente las actividades de la chagra, pero sobre todo sembrar variedad de frutales para cosechar porque se las roban. Aunque los resguardos en este departamento son pequeños, se puede evidenciar que son las partes conservadas, por lo que desde hace varias décadas piden en una sola voz la ampliación o adjudicación de nuevos resguardos, para continuar conservando y realizando actividades agrícolas ancestrales propias de sus pueblos, dándole tiempo a la selva de volver a crecer, a través de la rotación del territorio.

Todos estos cambios, han traído momentos no tan gratos y han hecho que sus hijos vivan diferentes espacios y costumbres. Lo que Nancy pudo vivir en su niñez fue mágico, por eso tiene muy claro el significado de lo que es una chagra, el lugar donde sus padres le inculcaron todo lo que ella es hoy: “La chagra para mí, es vida, porque de ahí depende uno, la comida, la medicina, el sostenimiento para los hijos, el conocimiento, también hace parte de la economía porque ahora los blancos comen fariña y casabe entonces podemos vender y nos entran unos pesitos. El que sea indígena y no tenga chagra prácticamente ya no es indígena”.

Y es que la chagra es una práctica de policultivo y alimentación ancestral de los pueblos indígenas en la Amazonía colombiana, de acuerdo con varias investigaciones ha sido una manera de relacionamiento con el territorio que no solo garantiza la autonomía alimentaria “es también un lugar social por excelencia. Puede afirmarse que antes de que existiera la escuela oficial, la chagra era el centro educativo fundamental de las sociedades indígenas. Era allí donde se educaba a los hijos tanto en el conocimiento de las formas de producción como en la clasificación, manejo y uso de las especies del bosque, la chagra era también un espacio íntimo y familiar.” señalan las antropólogas Sonia Uruburu y Yaneth Ortiz.

Por esta razón Don Luis, el padre de Nancy les entregó a sus hijos hace muchos años, parte de su territorio para que lo conserven y tuvieran donde hacer su chagra, manifiesta que lo primero, es identificar el espacio donde se quiere sembrar, luego se socala, se cortan algunos árboles se deja secar por un tiempo y cuando haya buen sol se quema. Pero, además, les recomendó que cuando fueran a sembrar la yuca o cualquier otro tipo de árboles frutales o plantas, lo hicieran en una buena luna.

Algunos cuestionan el proceso de la chagra como práctica sostenible de los bosques y selva, pero investigaciones como la de la bióloga Elsa Milena Cabrera Tejada, en su tesis de doctorado sobre abiología ambiental señalan que “La agricultura de chagras indígenas es un sistema agroforestal dinámico con largos periodos de utilización que involucran estrategias tecnológicas sustentables y sostenibles adaptadas a las condiciones de la selva amazónica.” A conclusiones similares llegaron los ingenieros agrónomos  Jesús Hernán Giraldo ViatelaI y Myriam Constanza Yunda Romero en cuya investigación señalan que la chagra se caracteriza por por mantener alta biodiversidad funcional, por replicar en ella los arreglos de la naturaleza y sus dinámicas, por no poner en peligro la estabilidad y conservación de los recursos naturales ni la dinámica de los procesos evolutivos, por hacer uso del control natural de plagas y no utilizar insumos externos, por no contaminar y obtener una máxima eficiencia y productividad…”.

Lo que Nancy aprendió en su niñez y adolescencia fue manera de gestión sociocultural de relación con los bosques y la selva y se siente orgullosa de eso. Durante este tiempo, siempre había enseñanzas por parte de la abuela y su madre como, por ejemplo: que la semilla de la yuca no se puede sembrar muy profunda, ni tampoco dejarla encima porque si queda profunda se ahoga y si queda encima se quema. La abuela de Nancy le enseñó que debía sembrar con el olor del carbón, y que a los 8 días después de la quema el terreno ya no tiene olor a carbón, y pierde gran parte del abono de la semilla cuando se siembra. Además, sembrando en el momento que aún el terreno huele a carbón la mata crece dejando atrás la hierba, si se siembra después crece primero la maleza que la mata. Una de las tantas recomendaciones de su abuela y madre, a Nancy le enseñaron a hacer chagras pequeñas, para el sostenimiento de la selva, a no tumbar tantos árboles para no acabar con el hogar de los animales, plantas medicinales, y continuar conservando las fuentes de agua.

Todas estas recomendaciones hicieron que Nancy aprendiera a respetar la madre Tierra, a cómo mantener y rotar la chagra, a cultivar la yuca y cómo obtener un buen producto. Para algunos sembrar yuca no es gran cosa, sin embargo, ella asegura que, de todas formas, sembrar yuca tiene su misterio porque no todos siembran en el mismo tiempo y como si fuera poco depende también de la mano de la persona que la siembra para cosechar un excelente fruto.

Es importante tener conocimiento de estas plantas, ya que existen diferentes clases de yuca, entre las que se encuentra la dulce y brava, está última es la que se procesa, se transforma para la elaboración de Fariña y casabe; paralelo a esto se van sembrando semillas de Guama, ají, ñame, piña, banano, plátano, chontaduro, caimo y algunas plantas medicinales, las cuales son utilizadas para el dolor de manos, primera menstruación, bajar la fiebre, dolor de estómago y a veces la contra del chundú (pusana que despierta el amor en determinada persona). En la actualidad Nancy cuenta que tiene ocho clases de yuca en su chagra, pero al preguntarle cuáles son, las mencionó en idioma porque no tienen traducción, dice que al traducir las palabras al español no tendrían sentido.

Para los pueblos indígenas la yuca es un alimento que no puede faltar en la mesa, para Nancy ser indígena y tener chagra con yuca tiene sus ventajas, “con la fariña hacemos chivé, (agua o jugo de alguna pepa del monte con fariña) tomamos y ya, si tenemos poco pescado hacemos quiñapira, mojamos el casabe y lo comemos; también, preparamos mingao, en fin, no nos morimos de hambre, mientras el blanco está acostumbrado a comer otras cosas que no tienen a la mano”.

Como todo en la vida, hay etapas y procesos que cumplir  y para la elaboración de la  fariña no hay excepción, por eso Nancy cuenta paso a paso cómo se hace este exótico alimento: “para empezar  se arranca la yuca brava después de ocho meses o un año de sembrada, se limpia, se pela y se debe dejar madurar (dejar en agua); luego de esto,  se le quita las venas a la yuca, se deja por dos días y se raya; después de este proceso la yuca ya está convertida en una masa que se debe dejar en una vasija mientras se introduce al mata frio (exprimidor), para sacarle la manicuera (veneno), ya que si no se le quita el veneno no se puede consumir. Una vez quede sin nada de líquido, se cierne para separar la harina de los trocitos que puedan quedar; mientras esto sucede, se enciende el fogón del tiesto para que vaya absorbiendo el calor, importante que durante el proceso se sostenga la temperatura hasta el final. Utensilio que debe tener una buena temperatura para cuando se vacié la harina al tiesto, luego, se debe mezclar la harina en diferentes formas a fin de que se vaya tostando y los granos grandecitos queden crocantes y queda hecha la Fariña, para la venta o consumo”. En el comercio de San José del Guaviare una libra de Fariña dependiendo el color cuesta entre $2.500 y $3.000 pesos

Para poder cultivar la yuca, se necesita un excelente terreno, por lo que Nancy, recuerda que cuando se independizó, entendió el por qué había conseguido un compañero indígena, porque la chagra es todo para el indígena, y dice que a pesar de que su hijo mayor no es de un indígena, de todas formas, no hubiera podido vivir con un blanco.

Confiesa que el rol de su compañero fue indispensable, porque en la primera chagra él se encargó de socalar, tumbar, y quemar, aunque también le hizo acompañamiento cuando escogió la semilla en la chagra de doña teresita la mamá de Nancy. En ese momento de clasificación, su mamá le enseñó cual yuca servía para la manicuera, cuál para quemar casabe y que así quede bien. Nancy mientras seguía haciendo la fariña y pendiente de todo lo que ocurría a su alrededor, siguió relatando que existe una yuca que se madura rápido y es la que se debe sembrar a la entrada y alrededor de la chagra, para luego arrancarla de primeras y así dejar la yuca que dura mayor tiempo en el centro. Muy sonriente dice que fue duro diferenciar las matas de yucas cuando ya tienen ramas, pues aún las puede confundir por el parecido de ramas y hojas.

Sentadas juntas (Nancy y yo) al lado del fogón y pendientes de que el gato no fuera a molestar las ollas, comenta que anteriormente no se presentaban tormentas ni remolinos, pero que ahora sí, y que esto se debe a la deforestación, el calentamiento global; lo que implica que las fuertes lluvias según sus creencias llegan con muchas enfermedades. Recuerda que cuando charlaba con su abuelo siempre, les decía que no debían cortar los árboles a las orillas de los caños, porque ellos producían el agua y a partir de ahí les explicaba el cuidado del territorio para tener donde sembrar y tener que comer. Siempre hubo tiempo para hablar sobre cómo cuidar la naturaleza, y la Tierra para que no se vuelva árida, ya que los indígenas no utilizan ningún tipo de químico para producir sus alimentos. Tiene claro que, si se continúa deforestando, llegará el día en que no tendrán frutos, comida, ni animales silvestres para alimentarse.

Opina que, aunque el tema del cuidado del medio ambiente está de moda, falta empoderamiento, y que es necesario explicar una y otra vez a las personas por qué no se debe talar tanto árbol. Cómo líder indígena ha tocado diferentes puertas haciendo gestión para realizar la tarea de concientizar a población para que dejen de talar árboles indiscriminadamente a cambio de una actividad alterna, pero hasta ahora ninguna puerta se le ha abierto. “mi papá ha sido defensor de la naturaleza, cuando tiene oportunidad también hace la reflexión de cuidar el territorio” sin embargo, dicen algunas personas que no se debe mezquinar la tierra.

Nancy es una mujer que creció amando la naturaleza y aprendiendo actividades para sobrevivir, por lo que ahora es lo que está haciendo con sus hijos. Ella hace pequeñas chagras, las cuales no superan ni una hectárea, su territorio es pequeño y debe cuidarlo para dejarles algo a sus hijos. Así la traten de miserable dice que no lo es, solo que está pensando en el futuro de ellos. Explica que cuando la chagra es comunitaria pueden llegar a limpiar rastrojos (lugar donde ya han tumbado) de hasta dos hectáreas, como por ejemplo la chagra comunitaria de caña de azúcar que sembraron para fabricar panela y sacar miel, pero como no han conseguido el trapiche les ha tocado vender así.

Recuerda con nostalgia que anteriormente todo era mágico, compartían en comunidad muchas actividades, por ejemplo: los niños jugaban trompo artesanal, tocaban carrizo, los mayores iban a la maloka a compartir saberes, danzaban sus trajes propios y completos, se pintaban para esas fiestas de intercambios y tomaban chicha de diferentes productos; los indígenas del resguardo Panure danzaban con parejas del resguardo El Refugio y La Fuga, quienes también pertenecen al pueblo Tukano Oriental. Con el transcurrir del tiempo dice Nancy todo ha cambiado “a nosotros nunca nos faltó nada, vivíamos dignamente, no teníamos riquezas” descansa de hablar y dice que vivir como indígena le gusta y se siente orgullosa de serlo”. Manifiesta que a pesar del contacto y relacionamiento de sus hijas con personas no indígenas todas le ayudan, unas lavan la yuca, la pelan, otras secan la masa, pero algunas de ellas no piensan dedicarse a eso porque es muy duro.

Cuenta que las dos hijas menores se parecen en la forma de ser a ella, y les gusta acompañarla. En las charlas que sostienen de madre e hijas, Nancy las escucha cuando le dicen que, si no consiguen empleo, tienen con qué y cómo sobrevivir y que ser indígena es bueno. Sonríe y agrega que los niños chiquitos también la acompañan, pero las mayores, aunque le ayuden no piensan lo mismo.

Nancy trata de compartir con todos sus hijos el tiempo que sea necesario y quiere que valoren todo lo que tienen a su alrededor y que cuiden la naturaleza, la respeten, la conserven, que aprendan muchas cosas y que no pierdan sus costumbres, para que puedan en un futuro enseñarles también a sus hijos y así no se pierda la tradición, que algunos paisanos ya no tienen.

La travesía por el departamento de Guaviare me permitió conocer y poder ir a la chagra de Nancy, con Luis, Teresita, Luna, los dos chiquitines y la vecina Inés. Aunque, el día estuvo un poco lluvioso, nos desplazamos en taxi desde la casa de Nancy hasta un poco más delante de la vía el Refugio, aunque seguía lloviendo decidimos no escampar y caminar hacia la chagra. Observé, cómo la yuca con el rocío del agua se miraba fresca y esplendorosa, aunque Nancy y sus acompañantes me explicaban sobre la variedad de yuca para mi todas eran iguales.

En el caminar hacia la chagra, sentí el cantar de algunos pájaros y cada vez que avanzaba el silencio generaba en mí una paz única, a veces me quedaba atrás de todos ellos para hacer algunos registros fotográficos, pero Nancy siempre pendiente me esperaba. Pude constatar la felicidad de los niños al llegar a la chagra, sobre todo al ver guamas maduras en los árboles, a algo que los hacía saltar, y reír hasta coger la rama para poder bajarla.

Nancy, la mujer valiente que nos demostró de qué está hecha, tiene claro que seguirá enseñándoles a sus hijos la importancia del respeto por la madre Tierra y su conservación, de la chagra y las tradiciones que sus abuelos y padres le inculcaron desde niña. Ahora es tiempo de devolver esas enseñanzas para las nuevas generaciones.

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